RECUERDOS ENJALBEGADOS

Alejandro Fdez. Barrajón
"¿Qué hace falta para ser feliz? Un poco de cielo azul
encima de nuestras cabezas, un vientecillo tibio, la paz
del espíritu"
André Maurois
Capítulo I
Peaje de nostalgia
Ojeando un viejo álbum, lleno de polvo, olvidado entre los libros de la estantería que cubre la pared trasera de mi escritorio, descubro una postal amarillenta y desdentada que ya no recordaba. Una niebla amarilla se ha detenido sobre ella como un grito del tiempo que no desea pasar desapercibido. Me he colocado en la ventana para aprovechar la luz que apenas dejan pasar los visillos y la he contemplado largamente. Es una fotografía vertical, en blanco y negro, suavemente coloreada por encima, que recoge un lugar del pueblo de mi infancia, Fuente el Fresno, llamado Las Cuatro Esquinas. En el reverso hay unas letras deseando un cumpleaños feliz a no sé quién y una fecha, escrita a mano, casi ya ilegible, 23 de noviembre de 1965. La escena está llena de encanto. Además del costumbrismo que encierra, tiene para mí sugerencias sentimentales de un valor inmenso. Aparece una calle empinada que quiere subir hasta la sierra donde se asienta el pueblo, empedrada y angosta, recortada por casas enjalbegadas de alturas distintas, desconchadas y viejas.
Al fondo, en lo alto, asoman los riscos de la sierra recortados por un cielo claro y ancho, sin apenas una pequeña nube que rompa la monotonía de azul artificial coloreado. Al fondo de la calle baja una mujer enlutada, con su pañuelo, su toca y sus medias negras. Ni siquiera se vislumbra un pequeño rasgo de su cara. Un poco más abajo, a la izquierda un niño se asoma a una puerta, entre curioso y asustado. Tiene el pelo cortado, excepto en el flequillo que resalta sobre la cabeza., lleva botas de agua, aunque la foto sin duda está sacada en el verano, pantalón corto y una blusa con muchas rayas oscuras. Su mirada se ha quedado detenida para siempre ante la cámara. En la derecha de la foto, en la parte inferior, un grupo de hombres con sus chalequillos de pana y sus chaquetas negras roídas contemplan la escena entre aburridos y expectantes. Por un momento he pensado en las escenas costumbristas de Mesonero Romanos cuando describe el Madrid de final del siglo XIX, el poblachón manchego, como dice él. Si no fuera por el recuerdo que aún vive en mi memoria diría que un sabio pintor realista ha sacado de su pincel esta escena tan llena de humildad y de encanto. Pero no, es real, real como la vida misma. Ese niño asustado y curioso que se asoma a la puerta soy yo mismo, en un tórrido verano del año 1965. El tiempo se ha detenido en esta postal, testigo fiel de la historia vivida, y ahora golpea mi memoria, mis recuerdos, mis fibras más íntimas, para devolverme a la lejana mañana de aquel verano.
Algún día, muy pronto, cogeré el autobús para volver allí de nuevo, después de tanto tiempo. Tengo que romper esta inmensa distancia que me separa ya de aquel niño que fui. Necesito de nuevo saborear la posibilidad de la ilusión, de la esperanza, la seguridad perdida de que el tiempo no existe.
He sentido la misma sensación que cuando era un niño. Estamos llegando. En la ladera de la sierra, acariciado por el sol marchito de media tarde, diviso ya el pueblo de mi infancia. Mis ojos, después de tantos años, han buscado impacientes el cementerio, la iglesia con su vieja torre redonda y la ermita sobre la cercana colina. Todo sigue igual. Miles de recuerdos, golpeando las puertas de mi memoria, me han invadido en pocos instantes. Un ejército de hormigas recorre una y otra vez mi estómago para devolverme a la cruda realidad de este momento. Vuelvo para descubrirme. Este viejo autobús renqueante es testigo mudo de cuanto siento. Tal vez no debería haber vuelto más. Viajar al corazón de la infancia exige pagar peaje de nostalgia. Desempolvar recuerdos, agitar sensaciones, despertar caricias encallecidas, rememorar hazañas estériles... puede resultar sobrecogedor. Lo sé y lo quiero. He soñado tantas veces con este momento... La tarde parece no tener prisa. Un sol mortecino y rojizo se resiste a abandonar los últimos tejados. Por el camino del cementerio vuelve un rebaño de ovejas, envuelto en una nube de polvo, buscando el calor de la majada, entre balidos que nadie escucha. El humo de las chimeneas se eleva lentamente –se ha detenido, tal vez- ensuciando el azul virginal del inmenso cielo manchego. ¡Maldito invierno! Me persigue allá donde voy. Todo, todo, dentro y fuera de mí sabe a invierno en este instante. Sus dedos blancos y alargados aprietan mi tiempo para dejarme aterido de ilusiones. Una y otra vez me revuelvo contra él pero no consigo liberarme de sus dedos arrogantes. La distancia y el invierno se han asociado para arrebatarme mis ilusiones más niñas. Cada día, lo presiento, soy menos mío y más de ellos. Volver al pueblo de mi infancia resulta sobrecogedor. ¡Hay tantas sensaciones dormidas en este lugar! La tarde me envuelve con su encanto y resuenan en mi interior voces lejanas de niños en la escuela, tardes de escondite y de corro, noches de hogar al calor del fuego arropado por la ternura de la madre. Se me retuerce el deseo en la garganta y me estremezco, pero no quiero echarme atrás. He vuelto y quiero enfrentarme a mi propio camino. Llevo dentro un niño eterno y quiero que juegue, que grite, que salte, una vez más, como ayer, como siempre, antes de que vuelva otra vez el invierno. ¿Seguirá allí la casa de mi niñez? Un patio, una escalera, un corral y muchos geranios. Aún quedarán guijarros de mí escondidos entre las grietas de las paredes enjalbegadas. Pero no me oculto que tengo miedo, miedo a no reconocerme. Llevo mucho tiempo, demasiado tal vez, huyendo de mí mismo. ¡Ay! Fuente el Fresno de mi infancia y de mis recuerdos. Vuelvo a ti con la ilusión de que algo de mí queda entre tus pliegues. Déjame rebuscar en tu faltriquera por si algún recuerdo hubiera quedado rezagado entre tus pliegues. Necesito agarrarme a mis recuerdos como el náufrago a la tabla que le sostiene, como la cigüeña al nido que la vio nacer, como el manso a su mayoral.